La Vida

La vida es una canción, cántala.
La vida es un poema, recítala verso por verso.
La vida tiene lágrimas, llórala y luego sonríela.
Es fragante, destílala y aspírala.
Es amor, espárcela.
Es luz, irrádiala.
Y si es flor, abre tus pétalos y embellece alrededor.
Y si es árbol, echa tus raíces y crece hasta donde puedas.
La vida es sabiduría, apréciala y sigue sus consejos.
Y si la vida es sueño, suéñala y lucha porque esos sueños se hagan realidad.
La vida tiene montañas, súbelas, escálalas y demuestra que no existen límites cuando se quiere.
Es batalla, conquístala y si pierdes algunas luchas entiende que lo importante es no quedarse tirado en el suelo ni dejarse vencer.
Y si la vida a veces parece un cuento, disfrútala cada segundo que puedas porque cuando haya ocasiones en que parezca una pesadilla debes recordar que esta no será eterna, que despertarás y todo saldrá bien.
La vida es un periódico que documenta la historia del pasado y del presente, procura ser parte de la historia, deja tu marca.
La vida es un verbo que hay que conjugar con todo lo bueno y todo lo malo, pero al vivirla recuerda algo importante, que es un obsequio que te regaló Dios.
Reconócelo en todos tus caminos y Él hará de tu vida y de tu senda una verdadera obra maestra.

“Queda prohibido” – Pablo Neruda

Queda prohibido llorar sin aprender
levantarte un día sin saber qué hacer,
tener miedo a tus recuerdos.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no convertir en realidad tus sueños.

Queda prohibido no demostrar tu amor,
hacer que alguien pague tus deudas y mal humor.

Queda prohibido dejar a tus amigos,
no comprender lo que vivieron juntos,
llamarles sólo cuando los necesitas.

Queda prohibido no ser tú ante la gente,
fingir ante las personas que no te importan,
hacerte el gracioso con tal de que te recuerden,
olvidar a toda la gente que te quiere.

Queda prohibido no hacer las cosas por ti mismo
cuando puedes,
tener miedo a la vida y a lo que implica
no vivir cada día como si fuera el último suspiro.

Queda prohibido echar a alguien de menos
sin alegrarte, olvidad sus ojos y su risa
todo por que sus caminos han dejado de abrazarse,
olvidar su pasado y pagarlo con su presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas
pensar que sus vidas valen más que la tuya,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
no tener un momento para la gente que te necesita,
no comprender que lo que la vida te da,
también te lo quita.

Queda prohibido no buscar tu felicidad,
no vivir tu vida con una actitud positiva,
no pensar en que podemos ser mejores,
queda prohibido no pensar que sin ti este mundo no sería igual.

Pablo Neruda

Ligeros de equipaje

Cuántas cosas vamos acumulando en la vida. Memorias, proyectos, historias, objetos, actitudes…Está bien, ¿no? Es señal de vivir, de no quedarte con los brazos cruzados. Pero en parte ocurre como con el armario o las estanterías de la propia habitación. Que como no despejes de vez en cuándo terminas sepultado por libros, ropas, objetos varios… Así que, aunque cueste, de vez en cuánto toca hacer limpieza general y tirar por la ventana (metafóricamente) todo lo que sobra. Para quedarse con lo importante.

Ligeros de equipaje – ¡¡¡Fuera!!!

«Seis cosas detesta el Señor y una séptima aborrece de corazón: ojos engreídos, lengua embustera, manos que derraman sangre inocente, corazón que maquina planes malvados, pies que corren para la maldad, testigo falso que profiere mentiras y el que siembra discordias entre hermanos» (Prov 6, 16-19)
Qué gusto da tirar por la borda unas cuantas cosas de esas que estorban. Fuera las comeduras de tarro que no conducen a ningún sitio. Los enfados y rencores duraderos, fuera también, que se gasta demasiado tiempo rumiando rencores y heridas. Fuera el miedo a los juicios de los presuntuosos o de los que se creen perfectos. Mandemos también al garete el orgullo si nos impide pedir ayuda, y la murmuración que solo hace daño. ¿Y qué decir del egocentrismo que a veces le hace a uno sentirse el centro del mundo? Que se vaya para no volver. Patada a la ingratitud, que demasiadas veces me impide darme cuenta de tanto como tengo. Para, más liviano, poder seguir caminando ligero de equipaje.

¿Qué tendría que quitar de mi equipaje? ¿De qué tendría que descargarme?¿Qué es lo que me estorba o me hace mal en la vida?

Ligeros de equipaje – ¡Dentro!

«No niegues un favor a quien lo necesita, si está en tu mano hacérselo» (Prov 3,  27)

En cambio habrá que aprovisionarse de buenas dosis de humor. Unas cuantas raciones de cariño, que bastante sequedad y dureza hay por ahí. No hay que dejar marchar la esperanza de que el mundo mejore, cerca y lejos. Conmigo tendré que llevar también valores, metas, sueños, proyectos… Dentro la familia. Y los amigos. Y los que necesitan mi ayuda (que no falte). Dentro la alegría, también de noche. Los abrazos. El tiempo para conversar. Una oración, de vez en cuándo, que me recuerde que no estoy solo. Un buen libro que me ayude a abrir la mente. Una canción para poblar los silencios. Dentro el deseo de lo bueno, la capacidad de perdonar y la humildad para nunca dejar de aprender.

¿Qué es lo más valioso en mi equipaje?¿Qué más pondría ‘dentro’?

El poder del entusiasmo

“Han sido los griegos los que nos han legado la palabra más bella de nuestro idioma: la palabra «entusiasmo», del griego «theos», un dios interior” (Pasteur). La palabra contraria (antónima) es apatía: falta de pasión, de fuego. Alguien dijo que, aunque no hagas más que alfileres, si no eres entusiasta de tu oficio, ni te destacarás en él, ni disfrutarás de tu tarea cotidiana.

Si tienes entusiasmo puedes hacerlo todo. El entusiasmo es la levadura que hace crecer nuestras esperanzas hasta alcanzar las estrellas. El entusiasmo es el brillo en nuestros ojos, la vivacidad en nuestro andar, la fuerza en nuestras manos, el ímpetu irresistible de nuestra voluntad y de nuestras energías que nos lleva a realizar nuestras ideas. Los entusiastas son los triunfadores. Ellos tienen fortaleza, tienen tenacidad. El entusiasmo es la base de todo progreso. Con él se consigue crear. Sin él, todo son excusas.

“Dejo en tus manos todos mis trabajos, Dios mío. No quiero debilitarme y perder el entusiasmo por el temor al fracaso. Quiero trabajar firme y seguro, porque tú estarás conmigo para ampararme. Contigo todo estará bien, todo terminará bien, y también de mis errores y fracasos sacarás una bendición para mi vida”

¡Acuérdate de soltar el vaso!

Un psicólogo, en una sesión grupal, levantó un vaso de agua. Todo el mundo esperaba la típica pregunta: “¿Está medio lleno o medio vacío?” Sin embargo, preguntó:
– ¿Cuánto pesa este vaso? Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.
El psicólogo respondió: “El peso absoluto no es importante. Depende de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo un minuto, no es problema. Si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo. Si lo sostengo un día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del vaso no cambia, es siempre el mismo. Pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado y más difícil de soportar se vuelve.”
Y continuó: “Las preocupaciones, los pensamientos negativos, los rencores, el resentimiento, son como el vaso de agua. Si piensas en ellos un rato, no pasa nada. Si piensas en ellos todo el día, empiezan a doler. Y si piensas en ellos toda la semana, acabarás sintiéndote paralizado e incapaz de hacer nada.”
¡Acuérdate de soltar el vaso!

Acariciar

Acariciar. A veces se trata de eso. En nuestro mundo, en nuestra vida, en nuestro día a día. Algo tan sencillo como eso. Sonreír a quien está triste (pero no sonrisas fáciles o vacías, sino que establezcan un vínculo). Apretar una mano (y con ello transmitir un mundo). Acariciar un rostro, prometiendo estar ahí. Ver, y aún más, mirar al otro… oír, y entonces escucharle. Abrazar a quien se siente tan abandonado, tan abatido…Estar ahí para los otros, y hacérselo saber. Me gusta pensar en Jesús como un hombre que también hablaba con sus gestos.

Caricias – El tacto…

Al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?» Le contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe» (Mt 9, 28-29)

Es fácil decir que en la vida hay que andar ‘con tacto’… es una expresión bonita. Es verdad que con el cuerpo, con las manos, se expresa tanto… ternura, rechazo, apertura, protección, interés, acogida, vinculación. A veces se nos va la vida en palabras, palabras y mil palabras. Pero hace falta hablar también con los gestos. Porque hay veces que una caricia da más confianza que mil versos, que un abrazo es la mejor respuesta a quien llora, o la mejor felicitación a quien ríe… Empezamos a tender puentes desde unas manos abiertas, unos ojos y oídos atentos… al otro.

Con la manera en que nos acercamos, acogemos, cuidamos, expresamos. Con la delicadeza con que nos relacionamos… Hay tantas dimensiones de nuestra vida en que el cuerpo habla… piensa en ello.

Caricias – Amor físico

«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15, 19)

El amor también es físico. Y hoy, cuando hay mucho contacto físico sin amor o mucho roce sin entrega es necesario sentir esa unidad. El amor toca, y así se expresa de muchos modos la relación más profunda, más estable, o más hecha de interés genuino por otra persona. El amor, atento al otro, se expresa físicamente: en la madre que mece al bebé, los amigos que se palmean la espalda, la pareja que, con su intimidad, intercambia promesas y besos, el padre anciano que pasea del brazo de su hijo, la cabeza que se apoya en un hombro amigo…hablamos también con el cuerpo.

Piensa un poco en la manera en que, en tu vida, el amor se expresa en gestos, en la medida en que comunicas sin palabras, con tu forma de estar, de acoger, de tratar al otro…

 

ME DUELE LA IGLESIA

Cuando digo que me duele la cabeza, la espalda, o el estómago, es evidente que hablo de algo no solo que me afecta, sino que es parte de mí. Y por tanto, ese dolor solo se comprende por esa identificación. Dicho esto, creo que tiene todo el sentido decir que a menudo me duele la Iglesia.
Me duelen los excesos, las discriminaciones, los extremismos de todo cuño. Me duelen las personas que, en nombre de la fe, dicen barbaridades sobre otras personas, y que utilizan el insulto para atacar a quien también busca la verdad con otras perspectivas. Me duelen los excluidos en el seno de la comunidad. Me duele que las mujeres no tengan mucho más peso en la toma de decisiones y en la voz pública de la institución. Me duele el clericalismo, que aún lleva a que en muchos lugares no se tome en serio la misión compartida con los laicos. Me duelen algunas declaraciones bárbaras, también de algunos cardenales, y el silencio oficial con que nunca son respondidas. Y las polémicas artificiales basadas en dos o tres temas obsesivos, cuando el mundo está gritando por tantas heridas desesperantes. Me duele la prensa religiosa al servicio de ideologías y no del evangelio. Me duele la incomprensión de los matices. Me duelen las barbaridades convertidas en titular intencionado, jaleadas por los de siempre. Me duelen los abusos que se han dado en el seno de la Iglesia. Y la impunidad con que algunos abusadores actuaron, en nombre de evitar el escándalo. Me duele cómo a menudo la opinión pública elige ignorar los aspectos más positivos, el muchísimo bien que también hace la Iglesia en nuestro mundo, y el valor de muchos de sus límites y propuestas en un mundo que ha hecho del “No limits” su bandera. Me duele la intolerancia con lo católico en un mundo que en cambio abandera otras muchas tolerancias (muy necesarias, todo sea dicho).
Supongo, una vez más, que me duele porque me importa.

José María Rodríguez Olaizola SJ