LOS MISERABLES

Para encontrar a Dios a veces hay que salir a buscarlo. En los basureros. En las calles peligrosas. En las barriadas donde la ley parece ausente. En las celdas de la prisión. En las avenidas donde la prostitución es el negocio. En los suburbios donde los drogadictos, los borrachos y los enganchados a cualquier porquería han abandonado ya la esperanza. En los países en guerra. En las selvas violadas por las máquinas. Y allá, en todos esos lugares, acercarse a las víctimas. A los más vulnerables. A los desarrapados, los desahuciados, los miserables. Y entonces, en ellos y con ellos, buscar a Dios.
En mi vida,¿hay espacio para esas personas heridas?
«Amar al semejante es mirar de frente a Dios», y si ese semejante es el que está herido, el que se siente vulnerable, indefenso o fracasado; si es el que llora, acaso sin consuelo, el que no puede devolver nada, al que tal vez ni siquiera le quedan fuerzas para la gratitud, si ese semejante es perseguido por causa de la justicia, por construir la paz, por decir la verdad que desenmascara a los poderosos, entonces esa miseria nos conduce al corazón del evangelio.

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“La gente que me gusta” – BENEDETTI

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad. Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos dejando las soluciones en manos de nuestro padre Dios.
Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.
Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto.
Me gusta la gente que posee sentido de la justicia.
A estos los llamo mis amigos.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.
Me gusta la gente que con su energía, contagia.
Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera.
Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.
Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.
La gente que lucha contra adversidades.
Me gusta la gente que busca soluciones.
Me gusta la gente que piensa y medita internamente. La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni cómo lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen.
Me gusta la gente que tiene personalidad.
Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.
La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse GENTE.
Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido.

TAMBIÉN VINIERON MUJERES SABIAS

El fuego ardía en su seno mucho antes de ver la estrella luciente en el cielo. Caminaban en la oscuridad fiándose de que el camino se iluminara a la luz de la luna.
También vinieron mujeres sabias, sin preguntar la dirección, ni tener permiso de ningún rey. Vinieron por su propia autoridad, su propio deseo, su propio anhelo. Vinieron en silencio, sin rumores, sin provocar miedo que terminara con la matanza de inocentes.
También vinieron mujeres sabias y trajeron regalos útiles: agua que limpia, fuego que ilumina, una manta que envuelve.
También vinieron mujeres sabias, por lo menos tres de ellas para ayudar a María a dar a luz.Cuando gemía con dolores de parto susurraban bendiciones antiguas en su oído.
También vinieron mujeres sabias
y se marcharon por otro camino igual que lo hacen siempre las mujeres sabias. En esta época del año y en todos los momentos importantes de nuestra vida que veamos a las mujeres sabias que vienen trayéndonos Tus dones.
Vestidas sin llamar la atención, pero están allí al borde de la sombra, en el límite de nuestro tiempo, en el umbral de la conciencia, y nos ofrecen lo que más necesitamos.
Danos ojos para verlas ahora antes de que se marchen por otro camino, antes de que vislumbremos la sombra de su marcha, sombra bordeada de oro, antes de que sintamos el perfume de aromas en el aire tras ellas.
J. Richardson

Oración de fin de año 2017

GRACIAS
Por haber llegado al final de este año creyendo, confiando y amándote a vos, Señor de nuestras vidas.
Fueron muchas las veces que fortaleciste mi fe, apagada bajo el desánimo. Y no pocas las que corriste a mi encuentro, para volver a encender en mí la confianza en Vos .
Siempre sentí el calor de tu mano, aun en plena oscuridad, tu Presencia envolvente cobijándome en todo momento.
Gracias, por mis hermanas y hermanos. Su ayuda, compañía, alegría y esperanza han allanado mi camino.
Gracias por tantos ojos como me miraron con ternura.
Gracias por tantas manos como se adelantaron a estrechar la mía.
Gracias por tantos labios cuyas palabras y sonrisas me alentaron.
Gracias por tantos oídos que, no sólo me oyeron, sino que me escucharon.
Gracias, Señor, por tanto como he recibido
Gracias por el éxito que me estimuló…
Gracias por la salud que me sostuvo…
Gracias por el trabajo que desempeñé y por el descanso de que disfruté…
Gracias -me cuesta mucho decirlo- gracias por la enfermedad.
Gracias por aquel fracaso y aquella desilusión.
Gracias también -¿por qué no?- por el insulto, la calumnia, la injusticia…
Gracias, incluso, por aquel ser querido que perdí. Vos sabes bien, Señor, qué difícil me resultó aceptar todo esto. Hoy, no sólo lo acepto, sino que hasta te lo agradezco pues me acercó más a Vos .
Una PETICIÓN para el nuevo año 2018
Que se realice tu deseo “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el crea que tú me enviaste” (Juan 10, 30)
Que a lo largo de este nuevo año hagamos tarea tu Palabra “uno solo es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8).
Que nuestra vida irradie alegría y esperanza porque está enraizada en un Dios-con-nosotros, que nos ama entrañablemente.
Que el servicio sea el alma de la fraternidad que edifica la paz y se recrea en el Hogar del Amor
Que la espiritualidad de la comunión nos enseñe a compartir con los hombres y mujeres sus alegrías y sufrimientos, a intuir sus deseos y a atender sus necesidades.
Que nuestros pasos se orienten hacia el Manantial de la VIDA.

Lo que queda

¿Te imaginas una Navidad sin nieve, sin regalos, sin lotería, sin turrón, sin viajes, sin comidas familiares, sin vacaciones, sin musgo, sin árbol de navidad, sin luces en las calles, sin música de villancicos en altavoces y comercios, sin programación especial en la televisión, sin “amigo invisible”, sin gorros de Papa Noel –o ya puestos, sin Papa Noel, así en general, ni nada que nos lo recuerde–, sin recetas especiales, sin carreras de San Silvestre, sin cabalgata, sin discurso del rey, sin mazapán, sin anuncio de las burbujas, sin entrañables películas familiares, sin cotillón en nochevieja, sin publicidad de colonias, de juguetes y de muñecas, sin uvas, sin confeti, sin espumillón…?
Yo sí, me lo imagino. Y todo eso no es que me estorbe o me ayude. Algunas de esas cosas me gustan, otras me dan igual, y otras me estomagan. Es, tan solo, que la Navidad es otra cosa. Y a veces apena que se pierda eso otro, el misterio del Dios-con-nosotros, sepultado por un torbellino de imposiciones de temporada. Supongo que al final nos toca, a cada uno, pelear por defender la Navidad de todo lo que, sin serlo, viene con ella, para que no se nos pierda el niño en el laberinto de lo accesorio.
José María Rodriguez Olaizola, sj

Uno de los nuestros

Cuando Dios emerge en la historia, aparece entre nosotros, se hace persona, no elige ser un VIP, viajar en clase reservada, aislarse detrás de muros y alambradas o gozar de la protección de una cuenta corriente saneada. No viene protegido por ejércitos de guardaespaldas, ni asediado por los flashes de la prensa. Por no traer, ni siquiera trae un pan bajo el brazo. Viene, más bien, con unas cuantas preguntas para los que le rodean: ¿Cómo puede ser? ¿Qué sentido tiene todo esto?
Extraña forma de omnipotencia, la de este Dios transeúnte, que nace en la intemperie de un portal. Pero es la magnífica forma de Dios de acercarse al ser humano. Porque Dios se hizo pobre, frágil, vulnerable. Y por eso va a resultar tan creíble para los pobres, los frágiles y los vulnerables. No vino como un superhéroe, cargado de poderes y prebendas. Su fortaleza está en descubrir(nos) la grandeza del ser humano. El increíble poder del amor al prójimo, capaz de salvar todo tipo de distancias. Su fuerza está en devolver la esperanza a los desesperados, la dignidad a los desarrapados y la entereza a los más rotos.
Y por eso, porque se hizo uno de los nuestros, podemos ahora brindar, en expresión de alegría. Brindar con el agua viva, con el vino compartido, en una mesa en la que no debería haber comensales de segunda categoría. Un brindis que es deseo, compromiso y proyecto: escucharemos tus palabras, seguiremos tus pasos y buscaremos tu Reino.
José María Rodriguez Olaizola, sj

EL NACIMIENTO DE DIOS EN NOSOTROS (Anselm Grün)

Celebramos el nacimiento de Cristo en Belén para poder creer que hay vida divina en nosotros. Sin esta festividad, estaríamos pasando por alto la vida divina que hay en nosotros. Consideraríamos vida aquello que se ve hacia afuera: nuestro trabajo, nuestros logros, nuestros fracasos, la convivencia humana, el reconocimiento, la dedicación, el amor, nuestras alegrías y nuestras penas cotidianas. Y no nos daríamos cuenta de que Dios mismo está en nosotros. Necesitamos de muchos símbolos para creer, ante el poder de los hechos, en el misterio de que Dios ha llegado a nuestro mundo. Armamos árboles de Navidad, encendemos velas, cantamos villancicos que anuncian con imágenes el misterio de la encarnación de Dios y sus melodías trasmiten que algo ha cambiado en nuestro mundo gracias a la venida de Dios, que podemos sentirnos aquí un poco más cerca de casa.
Cantamos esos villancicos para permitirnos nuevas posibilidades: amor, ternura, asombro, emoción, sentimientos. Le cantamos al Niño Dios en el pesebre para desarrollar en nosotros las mismas posibilidades que tiene un niño: lo espontáneo y lo auténtico, lo vital y lo genuino, lo nuevo y lo fresco…”.