Lección de ayer y de hoy

Un campesino, cansado de la rutina del campo y de tanto trabajo duro, decidió vender su finca. Como sabía que su vecino era un poeta, decidió pedirle el favor que le hiciera el aviso de venta. El poeta accedió gustosamente. El aviso decía: “Vendo un pedacíto de cielo, adornado con bellas flores y verdes árboles, hermosos prados y un cristalino río con el agua más pura que jamás hayan visto” A los días, el poeta tuvo que marcharse por un tiempo, pero a su regreso decidió visitar a sus nuevos vecinos, pensando que aquél hombre del aviso se había mudado. Su sorpresa fue mayor al ver al campesino trabajando en sus faenas. El poeta preguntó: ¡Amigo! ¿No se iba de la finca? El campesino con una sonrisa le respondió: -No, mi querido vecino, después de leer el aviso que ud me hizo comprendí que tenía el lugar más maravilloso de la tierra y que no existe otro mejor…
No esperes a que venga un poeta para hacerte un aviso que diga lo maravillosa que es tu vida, tu hogar, tu familia y lo que con tanto trabajo hoy posees. Dale gracias a Dios porque tienes vida, salud y esperanza de poder seguir luchando para alcanzar tus metas… Que el Señor bendiga ese pedacíto de cielo que es tu vida..
“Nacimos para ser Felices, no para ser Perfectos… El amanecer es la parte mas bonita del día porque es cuando Dios te dice: ” levántate! Te regalo otra oportunidad de vivir y comenzar nuevamente de mi mano”. Los días buenos te dan FELICIDAD, los días malos te dan EXPERIENCIA, los intentos te mantienen FUERTE, las pruebas te mantienen HUMANO, las caídas te mantienen HUMILDE, pero solo DIOS te mantiene de Pie!!!

Ahora tú… ahora yo…

Dos hermanitos en puros harapos, provenientes de un barrio periférico, uno de cinco años y otro de diez, iban pidiendo un poco de comida por las casas de la calle que rodea la colina.  Estaban hambrientos.

“¡Vaya a trabajar y no moleste!” -se oía atrás de la puerta.
“¡Aquí no hay nada pordiosero!” -decía otro.
Las múltiples tentativas frustradas entristecían a los niños.

Por fin una señora muy atenta les dijo:
“Voy a ver si tengo algo para ustedes… ¡Pobrecitos!”  Y volvió con una latita de leche. ¡Qué fiesta!  Ambos se sentaron en la acera.

El más pequeño le dijo al de diez años: “Tú eres el mayor, toma primero” y lo miraba con sus dientes blancos, con la boca medio abierta, relamiéndose.
Yo contemplaba la escena como tonto ¡Si vieran al mayor mirando de reojo al pequeñito…!

El mayor se lleva la lata a la boca y haciendo de cuenta que bebía, apretaba los labios para que no le entre ni una sola gota de leche.  Después, extendiéndole la lata, decía al hermano:
“Ahora es tu turno, solo un poquito”.  Y el hermanito, dando un trago, exclamaba: “¡Está sabrosa!”

“Ahora yo” -dice el mayor. Y llevándose a la boca la latita, ya medio vacía, no bebía nada.  “Ahora tú”.  “Ahora yo”.  “Ahora tú”.  “Ahora yo”.

Y después de tres, cuatro, cinco o seis tragos, el menorcito, de cabello ondulado, con la camisa afuera, se acababa toda la leche… él solito. Esos “ahora tú”, “ahora yo”, me llenaron los ojos de lágrimas.

Y entonces, sucedió algo que me pareció extraordinario. El mayor comenzó a cantar, a danzar, a jugar fútbol con la lata vacía de la leche. Estaba radiante, con el estómago vacío, pero con el corazón rebosante de alegría. Brincaba con la naturalidad de quien no hace nada extraordinario, o aún mejor, con la naturalidad de quien está habituado a hacer cosas extraordinarias, sin darle la mayor importancia.

De aquel muchacho, podemos aprender una gran lección: Quien da, es más feliz que quien recibe. Es así como debemos amar. Sacrificándonos con tanta naturalidad, con tanta elegancia, con tanta discreción, que los demás ni siquiera puedan agradecernos el servicio que hemos prestado.

¿Cómo podrías hoy encontrar un poco de esta felicidad y hacer la vida de alguien mejor, con más “gusto de vivirla”?

¡Adelante, levántate y haz lo necesario! Cerca de nosotros puede haber un amigo que necesita de nuestro hombro, de nuestro consuelo y, quizá aún más, de un poco de nuestra paz…

¿Preparados para escuchar?  Cuando escuchamos los lamentos ajenos y consolamos el llanto de un amigo, nos volvemos más fuertes y al oír toda su historia, salimos con ella más fortalecidos, con más experiencia, porque al oír y compartir… aprendemos.

¡Que siempre demos sin demostrar nada y sin pedir nada a cambio!

orgullo gay

Hay quien lo aplaude y quien lo detesta. Hay quien considera que un desfile como el que suele recorrer las calles de algunas capitales, es una horterada que ayuda poco a legitimar a los homosexuales. Hay quien, en cambio, defiende que es una forma de gritar con rebeldía y descaro contra la represión que tuvieron que sufrir durante mucho tiempo y que, aún hoy, hace que muchos hombres y mujeres  vivan su orientación a escondidas por miedo al rechazo. (Sí, hoy en día, también).
Lo que parece claro es que, al margen de desfiles o “días de…” lo que subyace es la intención de reivindicar una causa. En este caso, la integración e igualdad de los homosexuales. Es importante separar formas y fondos. La forma de esa reivindicación – el desfile, su buen o mal gusto  y si es eficaz o contraproducente- es opinable. El fondo, el respeto a cada persona en su diferencia y su situación, debería ser indiscutible.
En ámbitos eclesiales necesitamos, ya, decir una palabra distinta. Salir de las eternas discusiones que pivotan en torno a un término pero terminan evitando ir a la verdadera cuestión: Hay personas homosexuales. No lo han elegido. Tampoco quieren vivir avergonzados por ello. Y sienten que la doctrina católica es insuficiente al no plantearles otra opción que un celibato que, si no se vive como vocación, niega algo de lo fundamental de las personas. No se sienten mejores, ni peores. De hecho, no son ante todo “homosexuales”. Son Javier, Ana, Enrique, Elena, Antonio… Unos son promiscuos, otros no. Unos son frívolos, otros no. Unos son creyentes, otros no. (Como los heterosexuales). Solo que resulta que ellos, entre otras cosas, viven atraídos hacia personas de su mismo sexo. Hay muchas personas y grupos en la Iglesia que ya han sido capaces de dar ese paso hacia la acogida, el respeto, la comprensión y la igualdad. Pero se va haciendo necesario, de veras, que la Iglesia dé un paso más para abrazar, también desde el magisterio, cada historia, cada realidad, a cada persona, en su unicidad. Con el amor incondicional de quien a todos ama sin distinción
José María Rodriguez Olaizola, sj

Darlo todo

El discípulo se acercó a su maestro y le preguntó con la ansiedad de quien espera una respuesta a la altura de su pregunta:

 – Maestro, ¿qué es darlo todo? ¿cómo puedo estar seguro de que no me he reservado nada de mi mismo cuando me entrego a los demás?
El maestro, como tantas veces, comenzó a explicarle una historia:
– Te explicaré lo que les pasó a tres voluntarios que un verano fueron a la India, a ayudar en un hospital de moribundos en una de las regiones más pobres. Los tres tenían la misma tarea: cuidar a un solo enfermo, curarlo y acompañarlo, durante todo el día.
– Entiendo –dijo el discípulo–.

– Pues bien –prosiguió el maestro– un día uno de los enfermos le preguntó a su voluntario: “oye ¿por qué haces todo esto conmigo? ¿por qué estás limpiado mis heridas y te quedas aquí conmigo tanto rato?”. El voluntario, armado de sinceridad, no se pudo esconder: “lo hago para tener una experiencia, hace tiempo que me apetecía vivir algo así; no sé, algo que me llenara y me hiciera sentir bien, ayudando a los que no tienen tanto como yo. Por eso estoy aquí”. El enfermo le clavó entonces la mirada y ¿qué piensas que sintió el voluntario?
– Sin duda, vergüenza… seguro que no le pudo aguantar la mirada –contestó el discípulo–.
– Este voluntario no tiene un proyecto de vida para darse a los demás, pues sólo busca el instante intenso y la experiencia vivida. Ni da ni recibe.

– Sí… –asintió el discípulo–¿y qué le pasó al segundo voluntario?
– El segundo voluntario, mientras cuidaba al enfermo que le habían asignado, escuchó la misma pregunta: “tanto tiempo aquí conmigo, tanta dedicación centrada en mí… quiero saber qué es lo que te ha traído desde tan lejos para dedicarte a cuidarme y acompañarme”. Aquel voluntario se quedó pensativo unos segundos y le dijo: “creo que lo que estoy haciendo es lo correcto. Hay que paliar el mal y el dolor en el mundo. Yo soy un privilegiado y aquí vivís oprimidos. Mi deber moral es hacer desaparecer esa diferencia. Por eso estoy aquí, con vosotros”. El enfermo volvió la mirada, frunció el ceño y se quedó pensativo. ¿Qué piensas que se le pasaba por la cabeza?
– Quizá pensaría que su cuidador ya estaba justificado desde sus ideas, que realmente hacía el bien, pero que a él esos valores no lo acompañaban en su dolor –respondió el discípulo–.
– Y por lo tanto, este voluntario tampoco lo estaba dando todo, podemos pensar –sentenció el maestro–.
– Pero él ya tiene un proyecto, actúa por deber y solidaridad, ¿no es eso darlo todo? –dijo el discípulo, agitado–

– Se va acercando… veamos al tercer voluntario y entenderás mejor. Un día el enfermo al que curaba las heridas le preguntó: “¿por qué me curas y me acompañas en mi soledad?” El voluntario, con serenidad, le miró a los ojos y le dijo: “Lo hago por ti. Por eso estoy aquí, contigo”.
– ¡Eso es! ¡Esa es la única respuesta válida! –gritó el discípulo– si así respondió con el corazón, sin duda él sí que lo estaba dando todo: se hizo pequeño para hacer hueco a los hermanos.
– Así es, y esa compasión le hizo libre para entregarse y no reservarse nada –dijo el maestro–. Ahora ve, y haz tú lo mismo.

Hay que frenar

Qué barbaridad. Parece que el tiempo no se estira lo suficiente. No llego, no puedo, no alcanzo, no lo consigo… Ahora clases, luego actividades, grupos, citas, voluntariado, partidillo, gimnasio, mi programa favorito, un cafetín, estudiar, charlar, preparar algo que tengo pendiente, escribir una carta debida desde hace tiempo, leer… A veces la vida va a cámara rápida. Creo que con tal inflación de obligaciones lo que gano en eficacia lo pierdo en calidad de vida y de relaciones, y a veces dudo de si al fin estoy viviendo en la superficie de las cosas por incapacidad de parar

No somos islas

Aunque a veces podamos sentirnos alejados. Aunque a veces pueda pesar un poco de soledad o de incomprensión. Aunque la comunicación sea una asignatura que no se aprende más que día a día, y con cierta dificultad. Pero, con todo, no estamos solos. Nos une la tierra subterránea. Nos unen puentes, a menudo indestructibles. Nos une, desde la fe, un Dios que late en cada entraña haciendo muy posibles los encuentros. Nos une la sed de amor, y la capacidad de amar. Somos tierra que puede ser hollada por mil pies. Y eso es muy buena noticia.

No somos islas – Encuentros

Les preguntó: «Y ustedes, quién decís que soy yo?» Respondió Pedro: «Tú eres el Mesías de Dios» (Mt 16, 15-16)

Hay tantos momentos de encuentro en nuestra vida: una llamada, un correo, un mensaje, un café compartido, una mirada que no necesita palabras, las memorias compartidas, las historias que están en marcha, los proyectos por los que luchamos codo con codo, hombro con hombro, con otros.Nos une el cariño, y cuando es recíproco, entonces es una fiesta.

¿Qué «encuentros» te parecen significativos en este momento de tu vida?¿Cómo cuidas a los otros?

No somos islas – Desencuentros

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Dios te libre, Señor! No te sucederá tal cosa». El se volvió y le dijo a Pedro: «¡Aléjate de mí, Satanás! Quieres hacerme caer…» (Mt 16, 23)

Luego, es verdad quesomos distintos. Que hay un punto de unicidad, de intimidad, de soledad en toda vida. Hasta en las parejas más unidas. Hasta en las historias de amor más recíprocas. Cada quién necesita sus espacios. A veces duele ese no poder poseer a los otros, ese no poder aferrarlos. A veces parece que se rompen los puentesque unen nuestras orillas: una bronca, una mala palabra, alguien que te falla –o a quien fallas… La vida es, en todo caso, una interesante escuela para no convertir las distancias en abismos insalvables. Y la fe ayuda a volver a abrir los brazos.

¿Hay puentes rotos en tu historia?¿Hay desencuentros? ¿Qué has aprendido en ellos?

Menos juicio y más servicio

A veces me da la sensación de vivir en un mundo de opiniones, donde se habla mucho pero se vive poco. Y me da miedo caer en lo mismo. Tener siempre una palabra, una interpretación, una propuesta, pero no tener nunca tiempo para hacer las cosas. Poder analizar fríamente las situaciones, describir y clasificar a las personas, interpretar los acontecimientos, pero no sumergirme en ellos y dejar que me involucren, me toquen de verdad. Sí, en mi mundo sobran recetas y faltan cocineros. Sobran análisis y faltan manos. Sobran juicios y faltan abrazos. Por eso quiero gritar para romper esas dinámicas, quiero callar un poco –a pesar de que ahora sigo tirando de palabras- quiero cantar, servir y amar con sencillez. Y que sea lo que Dios quiera.